Acerca
de la nostalgia de dejar ir
Fue
hace casi 10 años…
Entiendo
que en última instancia vivir no es sino un gran rito de pasaje, durante el
cual seres, objetos y naturaleza confluyen y divergen en diferentes etapas.
Protagonistas,
medios y escenarios interactuan dinámicamente en el curso de ese gran trayecto.
Y
para todo trayecto se necesita un gran vehículo…
Literalmente.
Por
eso hoy me gustaría escribirte una carta a un objeto abandonado, no sin antes
ser cada uno protagonista de la vida del otro: mi automóvil Nissan Sentra
americano con cambio automaticos.
A
ti, mi querido auto sedán… viajastes miles de kilómetros de un hemisferio a
otro, donde tu primer dueña te cedió a mi para que te cuidase durante años en
nuevas aventuras y caminos a explorar, aunque con rutas no necesariamente de la
calidad para la cual fuiste diseñado.
Hoy
mientras me siento a tomar un café y escribirte, me doy cuenta que serían
muchísimas las anécdotas a recordar, y ciertamente no queremos aburrir a quien
estas líneas lea, pero si una tengo que destacar es cuando nos llevaste de una
de miel a Salto y casi derretimos tu parabrisas y algún que otro cable, pero
aún así, nunca nos dejaste a pie. Un pacto sagrado de mutua lealtad.
Sin
embargo, a medida que las demandas de la carrera civil crecían, los dos supimos
que no era bueno seguir exigiéndote de esa forma y con no poca tristeza
partimos caminos hace casi diez años.
Si
algo me conocés, sabrás que no es raro verme observando con atención si en mi
línea de visión se cruza un orgulloso Nissan Sentra rojo surcando las calles,
ponderando si acaso parte de mi espíritu de aquellos años no quedó allí entre
tus puertas, como un memorial de juventud, como un rito de pasaje.
En
todo caso algo para mí es claro: en esos buenos años en que nuestros caminos
fueron uno, nos hicimos mutuamente bien y nos volvimos mejores por ello.
“Godspeed, dear friendo”
Fin.-”
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